¡
No te vayas! ¡quedate! ¡me arrepiento de haberte hecho esto! Es verdad que no te quiero, pero te conozco desde siempre, y hasta se puede decir que… te respeto.
Quedate, dale, no te vayas. Si te vas, estos nuevos periodistas de la generación TicEsports me van a hinchar más (aún) las pelotas con esos de la Avda. Juan B. Justo, que no son nadie (como vos), que se creen una historia cualquiera (como vos), y que quieren salir en una que no es la de ellos (como vos!)… pero vos, pero vos estás desde siempre (bueno, últimamente mucho no estuviste) pero con vos competí toda la vida, en las calles, en las escuelas, en los plazas con pasto arrancado de tanto jugar, en las cuadras sin tránsito transformadas estadios, en todos lados. Dale, ¡arriba! ¡no te dejes vencer! Te prometo que creo eso que decís que no tuviste infancia, que tu cancha es un Palacio, que el mejor equipo de toda la historia del fútbol es el campeón del ’73 y ¡hasta juro no reírme de la entrada en wikipedia del “Tiki Tiki”!
¿Dale que te quedás?
Si entendieras que en esta declaración no hay ironía (un poquito nomás), entenderías porqué aunque disfruté y me reí (y mucho) con lo que te pasó en el 2009, la verdad, tampoco estuvo bueno para mí.
Otra vez te vas?
Posted in Boedo
No lo es!
Las relaciones humanas son un misterio. Variadas, multireglas, a veces rígidas, y a veces flexibles. Formales, sueltas, cortas o largas, estas relaciones son las que nos mantienen inmersos en este entramado que llamamos sociedad… no estoy inventando nada si digo que el Hombre es un ser social.
En estos 28 años que tengo caminando en esta Tierra, experimenté muchas relaciones humanas, ya sea en primera o en tercera persona, pero hay un tipo de relación que me llamó, me llama y me llamará poderosamente la atención. Este tipo de conexión es de las más importantes en la vida de cualquier ser, más que nada porque estoy hablando de una relación amorosa entre pares. Y digo entre pares para quitar de lado las relaciones de familia, que como bien retrata un sabio (when love is blood you’re never on trial, love don´t get deeper than a mother and child) tiene su campeón indiscutido.
El amor entre pares es probablemente uno de los sentimientos más hermosos que podemos experimentar. Con certeza, acercarse a otro ser humano para permitirse amar y ser amado es la meta de varios millones (entre los que Su Servidor se encuentra). Las raíces de todo esto son obvias: los más egoístas dirán que amar a otro multiplica la felicidad interna (o los generadores de felicidad) y los más altruistas diremos que, a parte de lo anterior, la felicidad es mejor si se comparte, generando una especie de sinergia entre los factores humanos que componen la relación.
Pero, mi lector amigo, hoy no quiero hablar de esta sensación (ver aquí para más datos). Tampoco quisiera caer en lo que varios tildarían de sandeces y cursilerías, por lo que retomaré el derrotero original: lo que más me intriga de las relaciones humanas no es su fin, pues lo tengo bastante claro, me intriga su inicio. Me intriga como todos nos exponemos al shopping humano, casi a una carnicería del amor: de un lado los vendedores y del otro los compradores. En este sistema, a priori parecería que prevalece el exterior, pero, hay tantas preferencias como humanos en la Tierra, y es mi parecer que, a pesar del envoltorio, lo que cuenta es otra cosa. Y no estoy hablando del interior, no se me confunda. Estoy hablando de lo que el vendedor pueda hacer frente al comprador, en esos minutos donde el primero intenta encajarle al segundo un producto que éste no querría bajo circunstancias normales o que, a pesar de ya haber decidido que sí o que no, va a ver “qué va a pasar”.
No debe haber muchas cosas más objetivadoras, denigrantes, enervantes y simplificadoras para con la naturaleza humana que el chamuyo. ¿Porqué? Veámoslo desde el principio: su propia palabra lo delata, es una mentira, o una serie de ellas, quizás, acompañadas con algún ardid para condimentar aún más la situación. Con el chamuyo se entra en una lógica un cuanto extraña: en vez de valorar a alguien por quién realmente es, por como actúa y/o piensa, se lo mide por su nivel de velocidad para atontar lo suficiente como para que el chamuyado “entregue algo”. Y cualquier cosa vale: desde observaciones sobre cualidades físicas, modos de bailar, situaciones ficticias que rayan lo estúpido, líneas sin sentido, o, hasta el muyo más fuerte de todos (según los expertos) : el que ataca al comprador hasta disminuirlo para hacerle comprender que lo que se lleva es mucho de lo que puede aspirar en años.
Además, el chamuyo es el precursor y generador de grandes desilusiones sentimentales. ¿Cuántas veces quien suscribe tuvo que escuchar a adorables jovencitas destrozadas por un hombre ideal en los papeles de venta que cuando se cristalizó en la realidad sólo le interesaba tener encuentros sexuales sin ningún tipo ligazón sentimental? ¿Cuantas veces se dicen “yo pensé que era otra cosa” o “jamás pensé que haría algo así” ó el siempre bien ponderado “no me di cuenta”. Claro, ¿cómo se va a dar cuenta? Ya le habían vendido el buzón, ya había comprado el paquete, ya había cambiado oro por espejitos de colores, ya la tenía adentro (literalmente también), diría el siempre polémico Diego Armando Maradona.
Mas, lo verdaderamente curioso del chamuyo es lo siguiente: todos saben que es mentira. Comprador y vendedor se enzarzan en una contienda verbal que no es más que un juego de rol (ver la esfera Molinos de Viento), en el que uno juega de vivazo “uy, digo cualquier cosa y me lo cree” y el otro juega de estúpido “no puedo creer que exista alguien así“. Hay veces donde este juego se transforma en algo interesante al ver como los componentes humanos del chamuyo pasan de “vivazos” a “estúpidos” y vuelven a su lugar original, todo porque la capacidad intelectual o sabiduría de alguno es superior a la del otro. Independientemente de esto, el comprador no va a llevar nada sin un chamuyo, aunque sepa que es una pérdida de tiempo o un retraso de lo inevitable, o hasta algo buscado porque “a mí no me levanta sin un buen chamuyo”, que es la apoteosis del mismo, su legitimación dentro de un sistema que ya a esta altura es, cuando menos, contradictorio.
Allá lejos quedan quienes fútilmente no quieren mentir, quienes la idea de empezar una relación duradera y sincera con una sarta de mentiras les parece una alienación y una incoherencia que no pueden tolerar. Así es que, de este lado del mundo somos pocos, muy pocos, y encima, nos cuesta encontrarnos, y cuando lo hacemos, puede que no atravesemos el filtro de la piel, o de las diferencias intelectuales.
¿Quién sabe? quizás, el “no-chamuyo” sea una postura ganadora en el futuro, como lo fue primigeniamente contracultural el ser “no-comercial”.
Saludos a ustedes, mis amigos chamuyeros, yo sé que ésta noche la pasan abrazados a alguien, mientras yo miro online Star Trek: TNG solito.
Al menos no mentí…
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Abrite
Resortes del amor fácil me llevaron a empezar el día acompañado pero más solo que nunca. Son esas cosas del cuerpo que te mantienen a un metro de la realidad, ya sea de un lado o de otro.
Me tomo un bondi que no me quiero tomar. No me lleva a casa, ni siquiera me deja en ese radio que uno diría “me acerca”. Pero me lo tomo igual.
Como no lo banco mucho, decido bajarme y caminar hasta el barrio. Mi reloj marca que hace unos 40 minutos empezó un nuevo día y la ciudad duerme amodorrada, acunada por el calor que hace que las sábanas se peguen a la espalda y los amantes más fríos –vaya paradoja- duerman cada uno de su lado de la cama . Yo voy suelto de ropas, tengo puesta mi armadura más protectora, la que más seguro me hace sentir.
La fauna de la noche es rara, y mucho más la de un jueves. Entre los que van a bailar, los que vuelven a sus casas y los que viven en la calle se puede hacer un collage. Me toca pasar por al lado de un vagabundo que duerme junto a un perro tirado en la acera. A pesar del calor, duerme con una frazada de lana de color rojo brillante que le cubre casi todo el cuerpo, y no puedo no preguntarme si algún día voy a estar en una situación parecida. También me pasan por al lado un grupo de pibes que van a bailar: todos se visten, se peinan, hablan y caminan igual: parece que ninguno quiere ser él mismo…
Volviendo de memoria por un camino que nunca tomé, voy ahora solo por la calle. No tengo una certeza sobre si están todos en una dimensión y yo en otra, pero desde hace un rato los autos y las personas parecen intangibles, casi irreales. Hay algo que esta noche me está generando y quiero llegar a casa para modelarlo en palabras.
En esta existencia en la que estoy el tiempo corre veloz y el espacio se dobla: en un rato estoy abriendo la puerta de madera y vidrio.
Subo apurado e intento desprenderme de lo que tengo adentro. Pero, a pesar de que trato llegar a expresar lo que quiero, no puedo. No alcanzo a arrancar la fruta madura del árbol, se me escapa, se resbala, y los tacs corren a los tics: la birome se hace de arena en la mano y un viento caliente me la arranca milímetro a milímetro, y yo sigo sin poder extraer de mí lo que quiero.
Todo termina igual que como empezó. Así sonaba ayer, con el amor de plástico, así suena hoy, sin poder sacar este sentimiento marrón oscuro.
Ya pasaron 4 horas desde que me bajé del colectivo, me quedo mirando el papel, ya no sé qué escribir. Me tomo un sorbo de agua y, bueno, apago la luz. Quizás, mañana me sienta distinto. Acá estoy en mi confusión, la verdad es que no sé qué decir.
Gracias por la inspiración y la frase.
Posted in Todo un palo
Horus está en los detalles de hoy
Hace unos 10 años, primó en mi interior la idea (ahora graciosa) de que racionalizar todo era bueno. Partiendo desde el absurdo de que lo único inexplicable en mí era el amor por los colores, resolví sentir todo y a todos a través del vidrio del pensamiento. Decidí, mansito y convencido, de que era una gran idea: meter en un resonador magnético a todos los sentimientos para inspeccionarlos, para ver como son por adentro, para intentar comprenderlos.
Este novedoso concepto tuvo una consecuencia inevitable: el distanciamiento conmigo mismo, y por consiguiente, con el resto de la gente. Vida desechada a cambio de una masturbación mental que ató mi propia vida a una camilla gris, en una habitación con azulejos blancos medios grasosos, tubos fosforescentes que hacen ruido, mucho olor a hospital y el tan mentado resonador magnético nuclear: viejo, cerrado, ruidoso, y estrecho. Este alejamiento era el efecto colateral de no vivir lo que me pasaba, de mientras sentía cosas analizarlas al extremo de que una vez que ya pasaban, no me quedaba nada. Me encontré separado de todo, incluso del objeto de mi análisis, ya que cada vez sentía menos. ¡Qué facilidad tenía (y tengo) para entregarme a los oscuros y monocromáticos rincones del sobrepensamiento! ¡Qué costumbre boba de intentar carburar lo que no se puede carburar!
Por gracia de todos los Dioses, en esta existencia uno puede elegir forjar sus propias situaciones, y no dejar que “el destino” se las cree, y un día, caí a cuenta del grave error que cometía.
No me fue (ni me es) fácil luchar contra esto, pero hace poco viví una experiencia que me puso en contacto con mis sentidos, mis sentimientos y conmigo mismo. Dos compañeros de trabajo me hicieron de guía espiritual y un día me levanté y enfilé las cuatro ruedas para el Sistema de Tandilia, y no para ver las sierras ni la piedra movediza, sino para ver un recital.
Hacía rato que no tenía contacto con el artista en cuestión (uno de los que tuvo mayor influencia en mi años del secundario), pero, como les dije, estas dos personas se ocuparon de cavar un túnel hasta donde guardaba mi costado ricotero. Gracias a ellos redescrubrí la poesía y música asombrosas de este artista que había, tontamente, relegado.
Habrá sido porque la marcha empezó con varios problemas (como suele ocurrir con lo que en la mente queda en forma de recuerdo perfecto), o quizás, fuese que a medida que nos acercábamos a Tandil se hacía sueño la realidad, porque nunca pensé vivir algo así. Las charlas y la música a todo volumen en la ruta (merced de un gran copiloto), el sol centelleando en un cielo turquesa, la tranquilidad que transmitía el agua del dique, la persona más interesante de los últimos 12 meses, las femeninas formas de las sierras, el round guanteado (que perdí), el recorrer el pueblo en busca de hielo, las conversaciones, las fotos, la previa, el recital, la compañía, o la sumatoria de todo lo nombrado hicieron que me dé cuenta que no podía meter nada de eso en un resonador magnético para investigarlo.
¿Quién puede explicar las lágrimas en las canciones? ¿Qué Dios puede razonar que la noche se transforme en día porque se prenden cientos de bengalas al escuchar un redoblante? ¿Dónde consigo la lógica de sentirte en intimidad con el tipo que canta a no sé cuantos metros de donde estoy, sabiendo que hay otros 100.000 monos más en el mismo lugar? Todavía no encuentro explicación al porqué salté, y me entregué a la ceremonia sabiendo que el plan antes de ir era “quedarse lejos” (bueno, confieso que esta última respuesta la tengo).
El final del recital solo le puso un toque más de imperfecta perfección a toda la situación. Y al darle contacto al auto para volver al barrio, lo soñado se esfuma para darle paso a lo mejor: el saber que fue todo realidad, el caer que esto es sentirse vivo, y que la fría inteligencia nunca lo va a comprender del todo; más que nada porque tampoco se entiende cuando dos compañeros pasan a ser dos amigos, cuando querés volver a vivir algo así con alguien que no conocés mucho, cuando estás dispuesto a viajar 1400 km para que se repita todo otra vez.
Ya estaba en la tranquilidad de mi casa cuando, a pesar de ser ateo, me pareció que semejante despliegue de sensaciones y sentimientos deben ser obra de alguna forma de vida superior, de un Dios, y de uno muy sabio. Y mientras me quedaba dormido, me dí cuenta que pasé todo el recital bajo la mirada de un Dios Egipcio.
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Un nuevo interrogante
Un nuevo descubrim
iento ha cambiado el modo que teníamos de pensar de dos grandes tiranos del Siglo XX. En una foto que se encontró en un sótano perdido d e una casa de Italia, se puede ver al creador del fascismo, Benito Mussolini junto al mismísimo Führer Alemán, Adolf Hitler, en una estación de trenes alemana, costodiados por el hombre que habría sido el nexo entre estos dos nefastos líderes. Este sujeto no sería otra que el denominado por las tropas alemanas “Herr Porororen”, un agente especial que era la cabeza de las filas de la Inteligencia Italiana en su rama femenina (puesto que logró a merced de que sus superiores notaron que tenía una gran afinidad con la gente de ese sexo). En la foto, Porororen está en medio de los dos dirigentes.
También se sospecha que, además de ser espía, Herr Porororen era un financista que ahogaba a las clases trabajadoras con prestamos usureros e hipotecas imposibles de pagar, y que disfrutaba al detentar gran cantidad medios de producción, lo cual le daba la posibilidad de celebrar grandes fiestas de lujos y orgías de placeres superfluos, burlándose del proletariado italiano que laboraba día y noche para mantener la Guerra. Los investigadores unen la imagen de Herr Porororen con la del millonario (desparecido en circunstancias extrañas antes de terminar la guerra) Marcelino Scaccelli.
La información que afirmativamente los historiadores pudieron chequear es que este italiano (cuyo nombre de espía era “Cristofolo Cacarnu”) una vez finalizada la guerra se refugió en la zona noroeste del Conurbano bonaerense, y que, desde allí, siguió manteniendo contacto con algunas de las ag entes que en su momento fueron sus subordinadas.
Sin dudas, más allá de quién es y qué pasó con este sujeto, este documento fotográfico plantea muchos interrogantes más, como, por ejemplo, a qué se refiere el símbolo estampado en las ropas de Herr Porororen al momento de que esta imagen fuera tomada.
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Hello world!
Y bueno, Microsoft migró mi space para acá.
REPORT Z_Program1. WRITE 'Hello World'.
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No hizo falta
Luego de 5 meses de esfuerzo, todo se define hoy, ahora. No les voy a mentir, estamos jodidos. En unos minutos vamos a estar en frente de nuestro mayor reto de nuestra vida profesional hasta ahora, un examen que nos va a definir nuestra vida laboral por lo menos por 5 años.. Y desde el momento 0 tomé este reto con aliento, con seguridad, porque siempre supe de ésta posibilidad que tenemos hoy: la de hacer esto juntos, palmo a palmo, pregunta por pregunta. En este quilombo que se viene ahora, se va a probar mucho más de si sabemos o no abap, vamos a probarnos quiénes somos como humanos. Porque en situaciones como estas, en paradas tan difíciles como la que se viene, los compañeros de trabajo se transforman en amigos. Y esto es así porque ahí adentro, cuando se largue el reloj, sabemos que a cada lado nuestro va a haber otro tipo dispuesto a construir esa respuesta que necesitamos. La nota está allá arriba con las preguntas del monstruo, esperando para que las descubramos, y las resolvamos todos juntos, como un equipo que somos. Entonces, necesito la pericia en código de Niceshot, el conocimiento del Cheto, la habilidad de Diego, la inteligencia de la Pebeta, la sabiduría de Pororo, la constancia de Dani y la experiencia de Ale.
Ahí, en cada cosa de cada uno que se sume, están las respuestas. Cada una de las respuestas de este examen que necesitamos. Ahí, esas cosas que todos nos sumamos, está la diferencia entre responder bien o mal, entre aprobar y desaprobar.
Por eso no hay que tener miedo. Por eso hay que entrar pisando fuerte, con la cabeza en alto. Porque somos un equipo, porque en los ojos del otro van a ver a alguien dispuesto a construir las preguntas con ustedes. Por eso, lo dije siempre, desde el día 0 en lo de José SAP, vamos a aprobar como equipo…. o fracasar como individuos.
Si lo entendiste, shhh, que quede acá, por algo no lo mostré antes.
Posted in Across the universe
Compañero
Vos sos mi mejor amigo. Calladito, siempre estás. No me pedís nada, dejás que te cuide sin necesidad de regañar, ni de reprochar, ni de celar, ni generar sentimiento negativo alguno.
Hay un pacto tácito entre vos y yo. Un pacto de caballeros: Yo te cuido, y vos me das tu compañía, tu color verde entre tanto gris. Y luego de tanto tiempo juntos (ya 2 años), no hay secretos entre los dos. Nos conocemos de pies a cabeza: me escuchás hablar solo, me viste destruído, y me viste renacer, pero nunca dejé de cuidarte, de prestarte atención. Tu aporte en mi vida es grande, muy grande, y mirá que grande será que mi vida no sería mi vida sin las 5 noches de riego (ahora 6 o 7 por la Primavera), sin levantarte la persiana todas las mañanas cuando me voy para que te pegue el sol, o sin correrte la cortina para que ese mismo sol no te pegue directo.
Aguantás estoico y en silencio cuando te corto esas ramas que crecen feas o muy desparejas, porque sabés que lo hago por tu bien.
Admiro tu valentía por bancarte el calor de la estufa en invierno y el frío del aire en verano, pero lo que más valoro de todo es tu silencio, tu saber que, pase lo que pase, yo te voy a cuidar. Que va a haber noches en las que no te riegue, o porque llego cansado, o porque se me olvidó, pero vos sabés, vos sabés, que al otro día todo vuelve otra vez a la normalidad, que después de todo, el pacto se sigue cumpliendo.
Ahí estás, al filo del escritorio, grande y orgulloso. Mirando hacia la Autopista, como burlándote de tanto cemento, de tanta falta de vida.
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Malabaristas en cajas de metal y plástico
Todos encerrados en cajas de metal con ruedas que andan sobre rieles. Todos apurados por llegar al lugar donde se alienan. Todos deseando llegar al lugar que los separa de sus familias y sus afectos. Todos apurados por alcanzar un escritorio que no es de ellos. Todos buscando una recompensa en una especia que es ficticia.
Hay algo en mi educación que estuvo mal. En la puerta de mis dos escuelas primarias había un busto de Sarmiento. Más allá del vandalismo del cual era habitualmente presa, ahí estaba ese hombre, inmortalizado en bronce. En ambos bustos, su gesto era adusto (un verso sin esfuerzo), una especie de mirada que te decía “estás obligado a aprobar”. Lo peor no es que te obliguen a aprobar sí o sí, lo peor es que los maestros y directores, te instaban a estudiar porque “tienen que ser como Sarmiento, que estudió mucho”, porque estudiando “no van a vivir en la calle”, porque estudiando “van a ser alguien”. Más allá de que la situación de ser “como Sarmiento” no me gustaba ni medio, porque, según lo que me contaron en el primario, Sarmiento era una especie de ser de acero, de aproximadamente unos 4 metros de altura, que tenía el poder con la mirada de, si eras chico, transformarte en alumno (un ser sin luz), o de, si eras adulto transformarte en maestro. Además, ésta especie de Ser Superior tenía el poder transformar cualquier edificio grandote y medio venido abajo en una escuela. Nunca me dijeron que Sarmiento era un humano, que cagaba y meaba como todos, que muchas veces se equivocó, pero, que siempre a su modo, quiso hacer el bien para el país (remarco el A SU MODO, porque no me interesa ahora discutir sobre la figura histórica-política de Sarmiento).
Y ahí está la cuestión: nunca humanizaron a nadie. Ni a Sarmiento, ni a San Martín, ni a Belgrano, ni a mí, ni a vos, ni a la señora que sale en el noticiero, ni al tipo que vive en la calle. Siempre fue “tenés que ser alguien”, nunca fue “tenés que ser lo que querés” ó “tenés que ser vos mismo”, siempre fue “ser alguien”. No importa si ese alguien es contador, político, cartonero, bueno o malo, es “alguien”: ahí flotando en una nebulosa, total y completamente indefinido. Eso sí, de algo estoy seguro, ese alguien no es humano.
Entonces, ya estás listo. Te enseñan a sumar y restar, sujeto y predicado, sí, pero desde pibes te enseñan a no ser vos, a no escuchar lo que querés, a no contactarte con lo sentís. Te empaquetaron y te mandaron a la trinchera, te dieron un arma de balines para una guerra real, que ellos ya crearon. Y no solo eso, te dicen que “tenés que salir a ganarte la vida”. ¿Qué es ganarme la vida? Sentarme en un cubículo gris con un tubo fluorescente arriba? ¿viajar como ganado todos los días? ¿estar dentro del sistema? ¿ser “alguien”?
Y ahí empieza la vida en serio. Te mandan en cajas de metal y plástico a diversas zonas, donde viajamos todos juntos, tan juntos que vamos apiñados, y sin embargo estamos tan lejos de nosotros, tan separados, tan distanciados, todos con mala cara, todos preocupados, todos rezando para que sea viernes, todos con nuestros disfraces puestos, todos deshumanizados.
Todos encerrados en cajas de metal con ruedas que andan sobre rieles. Todos apurados por llegar al lugar donde se alienan. Todos deseando llegar al lugar que los separa de sus familias y sus afectos. Todos apurados por alcanzar un escritorio que no es de ellos. Todos buscando una recompensa en una especia que es ficticia.
Hay algo en mi educación que estuvo mal. En la puerta de mis dos escuelas primarias había un busto de Sarmiento. Más allá del vandalismo del cual era habitualmente presa, ahí estaba ese hombre, inmortalizado en bronce. En ambos bustos, su gesto era adusto, una especie de mirada que te decía “estás obligado a aprobar”. Lo peor no es que te obliguen a aprobar sí o sí, lo peor es que los maestros y directores, te instaban a estudiar porque “tienen que ser como Sarmiento, que estudió mucho”, porque estudiando “no van a vivir en la calle”, porque estudiando “van a ser alguien”. Más allá de que la situación de ser “como Sarmiento” no me gustaba ni medio, porque, según lo que me contaron en el primario, Sarmiento era una especie de ser de acero, de aproximadamente unos 4 metros de altura, que tenía el poder con la mirada de, si eras chico, transformarte en alumno (un ser sin luz), o de, si eras adulto transformarte en maestro. Además, ésta especia de Ser Superior tenía el poder transformar cualquier edificio grandote y medio venido abajo en una escuela. Nunca me dijeron que Sarmiento era un humano, que cagaba y meaba como todos, que muchas veces se equivocó, pero, que siempre a su modo, quiso hacer el bien para el país (remarco el A SU MODO, porque no me interesa ahora discutir sobre la figura histórica-política de Sarmiento).
Y ahí está la cuestión: nunca humanizaron a nadie. Ni a Sarmiento, ni a San Martín, ni a Belgrano, ni a mí, ni a vos, ni a la señora que sale en el noticiero. Siempre fue “tenés que ser alguien”, nunca fue “tenés que ser lo que querés” ó “tenés que ser vos mismo”, siempre fue “ser alguien”. No importa si ese alguien es contador, político, cartonero, bueno o malo, es “alguien”: ahí flotando en una nebulosa, total y completamente indefinido. Eso sí, de algo estoy seguro, ese alguien no es humano.
Entonces, ya estás listo. Te enseñan a sumar y restar, sujeto y predicado, sí, pero desde pibes te enseñan a no ser vos, a no escuchar lo que querés, a no contactarte con lo sentís. Te empaquetaron y te mandaron a la trinchera, te dieron un arma de balines para una guerra real, que ellos ya crearon. Y no solo eso, te dicen que “tenés que salir a ganarte la vida”. ¿Qué es ganarme la vida? Sentarme en un cubículo gris con un tubo fluorescente arriba? ¿viajar como ganado todos los días? ¿estar dentro del sistema? ¿ser “alguien”?
Y ahí empieza la vida en serio. Te mandan en cajas de metal y plástico a diversas zonas, donde viajamos todos juntos, tan juntos que vamos apiñados, y sin embargo estamos tan lejos de nosotros, tan separados, tan distanciados, todos con mala cara, todos preocupados, todos rezando para que sea viernes, todos con nuestros disfraces puestos, todos deshumanizados.
Posted in Todo un palo
Midnight in Buenos Aires.
La noche me llegó como de un apuro, como que llegaba tarde a algún lugar importante al que no quería llegar, como que me quería quedar en el Parque tirado entre arboles.
Costó hacerla entender que el brillo de hace uno o dos meses no sirve para disipar la oscuridad de hoy. Fue duro, pero parece que al final entendió la idea, y mientras calculaba mi nueva situación sentimental, me encontré comiendo solo, divirtiéndome mirando un partido que la verdad no era muy trascendente, y, luego de dos películas que tenía para ver hace 4 meses, salí a la calle.
Mientras cruzo para buscar el auto un colectivo que pasa delante mío frena porque lo va a agarrar la luz roja. Arriba, una parejita va sentada uno encima de otro en uno de los asientos para una persona, muy acaramelados, se ríen y se besan. El resto del bondi estaría vacío si no fuera por el borracho que duerme profundamente con la cabeza contra la ventana.
La soledad de las avenidas a la madrugada llama a la velocidad, y se ve que la invitación les llegó a varios porque un par pasan a mil. En mi auto me acompaña Willy Crook, que muy amablemente me deja cantar sus canciones. Mientras muevo la cabeza al ritmo de la música, veo grupos de chicas ligeras de ropa que caminan apiñadas y abrazadas contra el frío, en dirección a vaya uno a saber dónde. No puedo más que sonreír ante el pensamiento de que primero noto que tienen frío a que son lindas y rendirme a la idea de que me estoy poniendo viejo en serio.
También hay gente que espera un colectivo que vaya uno a saber cuándo va a venir. Me gusta mirar qué bondi esperan e imaginarme a donde van, cuanto tiempo de viaje tienen, qué van a hacer cuando lleguen a destino. Nunca llego a pensar mucho en cada uno, porque rápido me entretengo con otra cosa, o una canción, o unas piernas para ver, o una nueva parada para pensar en historias.
Me asombra lo triste que es el Centro en una madrugada de sábado. Todo cerrado y apagado. Solo quedan algunos locos dando vueltas. En un semáforo de la Avda. 9 de Julio le comento a Willy que algo debe quedar de todos los que caminamos por ahí día a día, no puede ser que no quede nada: algún residuo de los pensamientos, algún eco de los sentimientos, algún retazo de nuestras almas. Crook no me pasa bola, sigue dándole al saxo, total, la vista no miente, no hay nada de eso.
En una estación de servicio perdida por Villa Pueyrredón hundo una medialuna de manteca en un café con leche servido en vaso de telgopor. Una tele en silencio muestra el compacto del partido de más temprano, mientras en la radio de fondo pasan una canción que me gusta mucho, un tema que disfruto mucho más por la situación, por el momento, por lo azaroso del contexto. Si hubiera traído auriculares y lo estuviera escuchando por mis medios no la disfrutaría tanto. Es como que si el que pusiera la música en la radio dijera “Para Fernando que salió a dar una vuelta, y toma algo en una estación de servicio a la que seguro, no vuelve nunca más”. Sonrío. Solo algún Dios podría hacer tal cosa, y me imagino un barbudo en toga sentado frente a una consola de radio, rodeado de aparatos y con un mate en la mano, poniendo el cd, sabiendo del bien que va a hacer.
Termina todo en el balcón de mi casa, mirando la autopista, las figuras de los edificios. Con los auriculares puestos, emulo el regalo de los Dioses.
Ya es la mañana cuando me voy a dormir, en el distante amanecer la campana de una iglesia suena: otro día viene. Un bebe nace, un hombre viejo muere, en algún lugar la parejita se despide… Sonrío.
Soy el hombre que quiero ser.
Gracias por la inspiración y la frase.
Posted in Estranged
